
Cuanto más trabajo en el desarrollo de proyectos de cooperación transfronteriza, más consciente soy de la realidad de unas estructuras rígidas e inamovibles que hacen del sueño de una Europa real, una quimera inalcanzable a medio plazo. En los últimos tiempos he estado inmerso en un proyecto de desarrollo del Vuelo a Vela a escala transpirenaica; trabajé también en el diseño de un proyecto de cooperación entre los ayuntamientos de Biescas y Arthez de Bèarn; colaboré con otro proyecto de actividades de ocio, formación y tiempo libre para jóvenes franceses y españoles; y estoy inmerso en estos momentos en el desarrollo de otro proyecto relacionado con la educación que afecta a las escuelas de Canfranc y del Valle de Aspe. Todos ellos se encuadran en el marco del ‘Programa Operativo de Cooperación Territorial España Francia Andorra‘, los actuales ‘Poctefa‘ que sustituyen a los viejos ‘Interreg’.
La filosofía de estos programas es plausible desde todos los puntos de vista. Desde grandes proyectos de cooperación a nivel -por ejemplo- de infraestructuras que son presentados por entidades públicas como gobiernos regionales, y que suelen copar el grueso de los fondos disponibles, hasta pequeñas ideas plasmadas en humildes proyectos de mutuo conocimiento y colaboración en actividades o necesidades diversas, la realidad es que con ellos se pretende una ruptura real de barreras y un acercamiento efectivo de individuos y ciudadanos de ambos lados de la frontera y de la cordillera pirenaica.
Pero lo cierto es que el trabajo cotidiano en este tipo de proyectos, y la vida en el día a día de los habitantes de las zonas fronterizas, siguen estando plagados de innumerables dificultades de todo tipo que muchas veces hacen dudar sobre la voluntad real por parte de los responsables políticos, sobre todo regionales y nacionales, de creación de un espacio común de verdad, de una Europa que por lógica debería hacer un esfuerzo en que eso se comenzase a notar de manera efectiva precisamente en estos espacios transfronterizos.
Dentro de unos pocos días nos han convocado a los ciudadanos a emitir nuestro voto para las elecciones europeas. Y no voy a ser yo quien dé su apoyo o confianza a ninguna de las opciones por las que puedo optar en mi condición de ciudadano español y teóricamente por tanto, europeo. Y eso será así por varios motivos:
- En primer lugar por la lectura en clave ‘nacional’ o peor aún, partidista, que de los resultados de dichas elecciones van a hacer las diferentes formaciones políticas, ‘pasando olímpicamente’ de los verdaderos intereses que a muchos ciudadanos nos mueven o podrían mover a emitir un voto responsable en estas elecciones;
- En segundo lugar porque se sigue transmitiendo la sensación de que Europa no es más que un gran Club de Estados, cuyos asociados se reúnen periódicamente para discutir, hablar, y sobre todo decidir cómo se reparten los trozos de un enorme pastel, pensando en cómo hacerse con el mayor pedazo posible y sin detenerse ni un momento a pensar en los beneficios reales para la ciudadanía europea en general como colectivo único, que debería ser lo normal;
- En tercer lugar porque ningún Estado, ningún País está verdaderamente dispuesto a ceder lo más mínimo en pos de la construcción de una Europa unida de verdad, de un espacio europeo real y libre. Todos se miran el ombligo tratando de poner sobre la mesa y hacer valer las esencias patrias individuales como elemento singular y diferenciador de las otras.
- En cuarto lugar porque muchas de las opciones políticas que se dicen más progresistas, tratan de anteponer los derechos de los pueblos a los de los ciudadanos, pretendiendo y consiguiendo en algunos casos la creación de nuevas fronteras interiores que sirvan de barrera y diferenciación nítida con los Estados clásicos que lo han sido hasta el siglo XX.
- En quinto lugar porque no se articulan políticas eficaces que eviten el enriquecimiento y las prácticas abusivas de grandes empresas multinacionales que se aprovechan de la existencia de fronteras aún reales, como las telefónicas, las compañías de seguros, la banca, etc;
- En sexto lugar porque a nadie he escuchado aún proponer políticas educativas transfronterizas conjuntas; facilidades para el empadronamiento de residentes en uno u otro lado de la frontera al margen de dónde se ubique su lugar de trabajo o cuál sea su nacionalidad; protocolos conjuntos eficaces en materia de atención sanitaria transfronteriza o protección civil; unificación de criterios y procedimientos para la adquisición de viviendas de primera residencia; facilidades para el trámite en el pago de impuestos y declaración de la renta al margen de dónde se resida y/o dónde se trabaje; facilidad en el uso de cuentas bancarias entre uno y otro lado de la frontera; eliminación de tarifas abusivas en materia de comunicación telefónica móvil para habitantes transfronterizos; etc.
Por todo ello, y por más motivos que omito por no aburrir, ejerceré mi derecho al voto como hago siempre, pero sin duda será de un color blanco inmaculado. Un blanco que ojalá les ciegue, un blanco que traslade mi hartazgo, mi desacuerdo, mi censura. Un voto que probablemente no será más que un grano de arena en una playa desierta, pero que sin duda emitiré con contundente convicción.